MIRA A CRISTO

Texto bíblico: Romanos 7:21-25

 

El cristiano enfrenta una batalla diaria contra el pecado… Si bien posicionalmente ya ha muerto a él, ya ha sido renovado y redimido por Cristo, todavía permanece en sus miembros ese remanente de pecado del cual se habló hace unos días. Su carne responde a la Ley dada por Dios con un deseo de servirle al pecado. ¿Pero qué pasa en su interior? Que “En la ley del Señor está su deleite”, Salmo 1:2; desea hacer el bien y le sirve a Dios con la mente. Esto, por supuesto, no proviene de él mismo, sino de su vida en Cristo, de su nueva naturaleza.

En este pasaje, el apóstol Pablo, después de describir esa lucha del cristiano (la cual él mismo vivió), lanza la expresión: ¡Miserable de mí! La palabra griega que para nosotros significa “miserable”, está relacionada con llevar algo, cargarlo, soportar… es algo así como el cansancio por haber trabajado duro. Esto puede transmitirnos el cansancio e incluso la desesperanza que genera el intentar luchar contra el pecado en nuestras propias fuerzas. Recordemos que no hay forma de que el hombre agrade a Dios queriendo cumplir la Ley, incluso si su comportamiento externo llega a ser “correcto”. Así que se pueden generar dos efectos: si lo logra, se cree autosuficiente, piensa que no necesita a Dios; si no lo logra, se frustra y su fe puede verse gravemente afectada.

¿Entonces, qué esperanza hay? En este pasaje, Pablo pasó de hablar de la lucha contra el pecado a enfocarse no en algo, sino en ALGUIEN. Fue así como hizo algo que debiéramos hacer cada día que nos acerquemos al Señor: reconocer que no está en nuestra capacidad humana derrotar la ley del pecado, dejar de buscar la forma de hacerlo y de vernos a nosotros mismos, sino a alguien más que ya lo haya hecho y pueda darnos victoria en esta lucha. La solución no está dentro de nosotros, ni en la ley, ni en nuestra mente ni en nuestra disciplina (me refiero a toda estrategia humana que creamos que podemos implementar para salir nosotros “solos” del pecado). El poder, la pelea, el triunfo están en Jesucristo, nuestro Señor. No podremos dejar de pecar en nuestras fuerzas, más bien, sabiendo que ya morimos junto con Cristo, quien murió por nuestros pecados para darnos vida eterna es que obtendremos la victoria sobre el pecado. Fijemos nuestros ojos en Él.

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