EL FIN DE LA LEY ES CRISTO
Texto bíblico: Romanos 10: 1-13
En
aquel primer siglo de la Iglesia muchos judíos pensaban ser libres y lo
aseguraban diciendo: “«somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido
esclavos de nadie”, por lo que cuando Jesucristo les dijo “la verdad los hará
libres”, contestaron diciendo “¿Cómo dices Tú: “Serán libres”?” (lea Juan 8:
31-32). El pueblo de Israel, como toda nación, está en condenación, no es
libre, de ninguna manera conoce lo que es la libertad, y los judíos debían
entender que no porque eran hijos de Abraham eran salvos de la ira de Dios.
Juan el bautista les respondió a los que así creían, de la siguiente manera:
“Haced,
pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros
mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar
hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la
raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y
echado en el fuego.” Mateo 3: 8-10 (RVR 1960)
Los
israelitas tienen una gran ventaja en haber recibido primero las Escrituras,
pero esto no los hacia salvos, ni tampoco que fueren hijos de Abraham, pero se
aferraron, como muchos siguen haciéndolo a tener por padre a Abraham.
“Ellos
le contestaron: «Abraham es nuestro padre». Jesús les dijo:
«Si
son hijos de Abraham, hagan las obras de Abraham. Pero ahora me quieren matar,
a Mí que les he dicho la verdad que oí de Dios. Esto no lo hizo Abraham.” Juan
8: 39-40 (NBLA)
Los
verdaderos hijos de Abraham son aquellos que como Abraham han creído en Aquel
que justifica, y son bienaventurados, es decir, felicísimos porque sus pecados,
gracias a la Obra Redentora de Jesucristo, han sido perdonados (Romanos 4:
1-9). El arrepentimiento y la fe, no las obras, ha sido el medio de la
salvación que Dios ha demandado a todo hombre (Juan 1: 12, Hechos 17: 30), por
lo tanto la oración por Israel no debe ser otra que por su salvación, no para
que sean salvos de sus enemigos que les rodean sino para que sean salvos de la
inminente ira de Dios, como debe ser nuestra oración por cualquier otra nación,
pero bien sabemos que no hay salvación sino solo en Jesucristo, y al decir solo
en Jesucristo, excluimos otros medios, porque solo hay un Mediador entre Dios y
los hombres, Jesucristo. Este es el único evangelio, el evangelio de la Gracia,
que exhorta a todo hombre, sin importar quien fuera a arrepentirse y creer en
el Señor Jesucristo.
“Jesús
les dijo: «Si Dios fuera su Padre, me amarían, porque Yo salí de Dios y vine de
Él, pues no he venido por Mi propia iniciativa, sino que Él me envió. ¿Por qué
no entienden lo que digo? Porque no pueden oír Mi palabra» Ustedes son de su
padre el diablo y quieren hacer los deseos de su padre. Él fue un asesino desde
el principio, y no se ha mantenido en la verdad porque no hay verdad en él.
Cuando habla mentira, habla de su propia naturaleza, porque es mentiroso y el
padre de la mentira. Pero porque Yo digo la verdad, no me creen. ¿Quién de
ustedes me prueba que tengo pecado? Y si digo verdad, ¿por qué ustedes no me
creen? El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso ustedes no
escuchan, porque no son de Dios».” Juan 8:42-47 (NBLA)
El
apóstol Pablo enseña su amor por Israel porque es israelita, manifiesta que ora
por ellos, para que sean salvos, pero deja una vez más claro que el celo de
ellos por Dios carece de pleno discernimiento, puesto que si tuvieran un “santo
celo” habrían oído y creído en el mensaje de Jesucristo y en Jesucristo, pero
no le creyeron, no podían seguir pensando que por ser hijos de Abraham ya eran
libres de toda condenación, de ninguna manera, porque el único que puede
justificar al impío es Jesucristo. Muchos, como los judíos mesiánicos, alegan
que Israel es salvo sólo por el hecho de ser judíos observantes de la ley, pero
ellos ignoran que la ley no justifica al hombre, sino que el fin de la ley es
Jesucristo “de manera que la ley ha venido a ser nuestro ayo para conducirnos a
Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe” (Gal. 3: 24), es decir que
la ley es un gran maestro que nos enseña a Jesucristo, quien fue el único que
cumplió fielmente toda la ley, es en la ley que conocemos que somos grandes pecadores
y que necesitamos urgentemente al Gran Salvador.
La
importancia de recordar todos los días que hemos sido justificados solo por
Gracia, solo por medio de la fe, solo en Jesucristo, es tal que muchos por
olvidarlo han caído en el engaño del legalismo, en la letra muerta de la ley,
creyendo que es por obras y no por Gracia, con esta claridad no estamos
diciendo que no debamos procurar las buenas obras sino que ellas son
consecuencia y no causa de la salvación, son una acción de gratitud del
creyente, un accionar conforme a la Ley de Dios, que como cristianos debemos
procurar hacer en todo momento porque fuimos comprados por la sangre de
Jesucristo para servir a Jesucristo como esclavos suyos y es bienaventurado
todo aquel que anda en la voluntad del Señor, pero en ese andar, como
cristianos, debemos reconocer que estamos bajo la gracia y que solo es en la
gracia de Dios que debemos vivir y obrar.
Lo
anterior también debe llevarnos a pensar en que cristiano no es aquel que nace
en un hogar cristiano, vive en un contexto cristiano o asiste continuamente a
un culto cristiano, sino que cristiano es aquel que ha nacido de nuevo, por lo
tanto no creas, como lo hicieron los judíos que por tener padres cristianos,
estudiar en un seminario reformado, haber estudiado con profundidad las
Escrituras eres salvo, de ninguna manera, porque hasta podrías haber vivido de
manera piadosa sin ser piadoso, por lo tanto si tu conciencia y corazón te está
llamando hoy al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo no calles su voz y ve
ante Dios en arrepentimiento sincero, poniendo tu mirada en Jesucristo, porque
solo en Jesucristo hay salvación, y como cristiano no dejes de orar a Dios para
que envié obreros a su mies, es decir hijos suyos bien preparados en la Palabra
de Verdad (2 Tim. 2: 15) a lugares y personas que necesitan escuchar el
evangelio, porque la mies es mucha y los obreros son pocos (Mat. 9: 38-39).
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