ODA A LA GRACIA DE DIOS

 Texto bíblico: Efesios 1:3-10

 

Una oda es una composición que expresa admiración o alabanza a algo o a alguien. En este fragmento de Efesios, el apóstol Pablo exaltó la gracia de Dios, la obra tan maravillosa que el Señor tenía contemplada desde el principio de los tiempos, y que le revela a cada uno de sus hijos al darle sabiduría y entendimiento (v. 9).

En estos primeros versículos, el Apóstol se refirió a la obra que Dios había hecho en los judíos. Más adelante (v. 13) incluyó a los gentiles. Sin embargo, entendiendo que la obra del Señor fue para judíos y gentiles, y que nos hizo un mismo pueblo en Cristo, creo que también podemos identificarnos con las afirmaciones de los versículos 3 al 10.

Pablo habló cómo Dios nos escogió, no por nuestros méritos, ni buenas acciones (que fuera de Cristo son como trapos de inmundicia). Hizo esa elección EN Cristo, es decir, por medio de Él, viéndolo a Él (Su perfección, Su obediencia hasta la muerte y Su Amor). Esto con el objetivo de que seamos santos cuando estemos delante del Padre.

Al darnos este regalo maravilloso (el de la gracia), el Señor nos bendijo espiritualmente, y no con migajas… no con poco… ¡Todo lo contrario! Nos dio TODA bendición espiritual. Así que, espiritualmente hablando, lo tenemos TODO, no nos hace falta NADA: la obra de la gracia es completa por medio de Jesús.

Ese es motivo suficiente para, precisamente, bendecir al Padre. Es decir, Él nos dio aquello que necesitábamos para bendecirlo, pues todo proviene de Él. Fuimos adoptados como sus hijos para alabar esa gracia gloriosa que Él decidió otorgarnos, una gracia que es rica (abundante) para el perdón de nuestros pecados.

Todo esto tenía un propósito: que todas las cosas, las del cielo y la tierra, fueran reunidas bajo el dominio de Cristo en el tiempo señalado. Precisamente, eso vino a hacer el Mesías, a reconciliarnos con el Padre y a hacernos, a judíos y a gentiles, un solo pueblo, una sola nación, una sola familia.

Para recibir esta maravillosa y poderosa gracia, reconozcamos que la necesitamos. Esto solamente sucede cuando aceptamos que somos totalmente pecadores, que la paga del pecado es la muerte, y que solo Cristo puede rescatarnos de pagar ese precio. Te invitamos a que reconozcas tu necesidad de Cristo como Señor y Salvador, y a que recibas la sobreabundante gracia que el Padre te concedió por medio de Él.

Quiero animarte a que levantes tus ojos y fijes tu mirada en Cristo, quien hizo todo lo necesario para que tú y yo fuéramos perdonados y pudiéramos rendir nuestra naturaleza pecaminosa a Su obediencia. Recibamos la gracia infinita del Padre y alabémosle por esa obra tan especial que pensó desde la eternidad para cada uno de nosotros. ¡Que maravillosa gracia de nuestro Dios!



Guímel

 Haz bien a tu siervo; que viva,

Y guarde tu palabra.

Abre mis ojos, y miraré

Las maravillas de tu ley.

Forastero soy yo en la tierra;

No encubras de mí tus mandamientos.

Quebrantada está mi alma de desear

Tus juicios en todo tiempo.

Reprendiste a los soberbios, los malditos,

Que se desvían de tus mandamientos.

Aparta de mí el oprobio y el menosprecio,

Porque tus testimonios he guardado.

Príncipes también se sentaron y hablaron contra mí;

Mas tu siervo meditaba en tus estatutos,

Pues tus testimonios son mis delicias

Y mis consejeros.


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