OBEDECER HUMILDEMENTE LA LEY DE DIOS
Texto bíblico: Romanos 2:17-20
El
mensaje de Pablo en estos cuatro versículos bíblicos es sorprendente, porque
habla a aquellos judíos cristianos que dejándose llevar por la soberbia se
apoyaban en su nacionalidad e historia. Se sentían orgullosos de haber nacido
en un pueblo al que se le había confiado las Escrituras y en donde nació el
Salvador, pero esta ley que habían recibido bajo la enseñanza desde su niñez no
era para creerse un sabelotodo, guía de ciegos, luz para los que están en
oscuridad, instructor de los ignorantes y maestro de los principiantes, sino
primeramente era para glorificar a Dios, porque el fin de la ley no es la
exaltación del hombre sino la exaltación de Dios.
La ley
no era para alimentar el ego de unos pocos, creerse mejor que los demás, sino
para confiar en Jesucristo, el único que fue fiel a toda la Ley de Dios y quien
obedeciendo verdaderamente la Ley murió por muchos para justificarlos, dándoles
lo que necesitaban: su justicia por Gracia, es decir que es únicamente en
Jesucristo que somos hallados justos, como si hubiéramos obedecido fielmente la
Ley de Dios, porque en Él tenemos la confianza de la salvación que nos guía al
arrepentimiento y fe en Jesucristo para la justificación de nuestras almas.
La
palabra justificación, en el contexto bíblico, en específico de Romanos se usa
para enseñarnos la doble imputación de Jesucristo en donde aquellos que se
arrepienten y creen en Él, por Su Gracia, han muerto al dominio del Pecado, por
la muerte de Jesucristo, y han renacido a una nueva vida y a la esperanza de la
glorificación, por la resurrección de Jesucristo. En otras palabras, Jesucristo
tomó nuestros pecados y murió por todos ellos, una vez y para siempre, y nos
otorgó su justicia, como si nosotros hubiéramos obedecido fielmente todos los
mandamientos, por Su Gracia, por media de la fe en Él, de tal manera que no
tenemos de que gloriarnos, sino agradecer a Dios y honrarle con toda nuestra
vida procurando obedecer primeramente, cada uno de nosotros, la Ley de Dios,
sin mirar al otro con soberbia, por debajo del hombre, sino sometiéndonos a los
preceptos de Dios, no por miedo sino por amor a Él, el único y eterno Dios
Creador de todo el universo y nuestro amado Redentor.
El
mensaje central una vez más es Jesucristo, no es otro que Jesucristo, porque es
en Él que podemos reconocer nuestra realidad, que somos débiles y lo
necesitamos continuamente, nada podemos hacer separados de nuestro Señor
Jesucristo. Él es nuestra cabeza, nuestro Señor, nuestro Salvador, no es uno
que vino a mostrarnos un camino, sino Él mismo es El Camino, la Verdad y la
Vida, por lo tanto honrémoslo con todo nuestro ser, procurando ser fieles a sus
mandamientos, con un corazón humilde y sencillo que no está buscando juzgar al
hermano, sino procurando en primer lugar obedecer la Ley de Dios en amor y en
segundo lugar el bienestar del prójimo en su santificación como la nuestra.
Nuestra alma necesita de la santificación de manera continua y tener esta búsqueda
como prioridad en nuestra vida nos guiará a tomar mejores decisiones, por lo
tanto entreguemos nuestra alma a Dios para que sea bendecida en gran manera.
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